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Demostración práctica. Ejemplo 5º

Tema Progress:

DEMOSTRACIÓN PRÁCTICA.

Ejemplo 5º. Entrevista

DEMOSTRACIÓN PRÁCTICA.

Ejemplo 5º. Relato

LA CASA DE WANG

Relato para caso 5º

Por Bernardo Ortín

Wang nació en una humilde familia China. Su aldea Zhaojun pertenece al distrito de Xingshan, de la provincia de Hubei. Su vida comienza en el año 52 a.c. Pertenecía a la dinastía Han en su época más esplendorosa. Vivió el comienzo de la Ruta de la Seda que se extendía por toda Asia conectando China con Mongolia, aunque también empezaba a abrirse camino en el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía y posteriormente a Europa y África.

Wang se había criado en un contexto lleno de influencias cruzadas por diversas culturas. Vivía rodeada de estaciones fluviales y puertos marítimos. En la época de Wang la gente no era de un país o una tierra, sino de los caminos del agua. De modo que las personas pertenecían a rutas marinas o de río, ya que el agua era el mejor medio de transporte. El lago Dongting y el río Yangtsé daban vida a todo el entorno y conectaban su pueblo con el Océano Pacífico, el gran balcón al mundo.

Por eso, si hubiera dicho que era china nadie la hubiera entendido. Wang era de la ruta de la seda del río Yangtsé. En su provincia convivían alrededor de 50 grupos étnicos además del suyo, los Han. Así que Wang estaba acostumbrada desde siempre a la mezcla y el contacto con lo diferente. Desde niña decía que el mundo es como un mercado. Lugar de intercambio de víveres y experiencias sensoriales en un murmullo armónico.

Wang fue una hermosa niña que se había convertido en una joven muy bella. Lo que más resaltaba de su forma de ser era que estaba muy vinculada al amor.

Aunque era la hermana pequeña, su lugar en la familia era el de encargarse de proporcionar confluencia y armonía. No se sentía nada bien si tenía que coartar la libertad o el deseo de alguien. El mandato de sus ancestros era que ella estaba para ser testigo de la vida de sus familiares y no tanto para ser protagonista. Le habían otorgado el papel de cuidadora, pero al ser la menor tenía una dificultad parecida al que le asignan una responsabilidad, pero no le reconocen la autoridad para ejercerla ni le asignan los medios para que la desarrolle.

Como hemos dicho, era superdotada para el amor y la satisfacción de deseos. Alguien le dijo alguna vez: – Sólo me has propuesto cosas buenas en la vida-. Estaba pendiente de toda su tribu, aunque sin apremios ni facturas por esta atención.

Desde siempre se había sentido conmovida por el arte. Más que una afición, para ella era una pasión. Pero su familia la desanimaba en esto sin decírselo, que es la mejor manera de conseguir que alguien abandone su meta. La situación económica familiar no le permitía andar perdiendo el tiempo con cosas improductivas.

Así que lo mantuvo como afición casi secreta y se involucró en el comercio de la seda, muy pujante en esa época.

Pero poco a poco su faceta creativa creció, y se reveló como una mujer muy competente en el arte. Mejor dicho, en la fase de imaginación y diseño de obras. Era capaz de soñar cosas que aún no existían en el mundo, de un modo espectacular. Realmente su mente no paraba de crear.

Con el tiempo comprobó que hay una gran diferencia entre lo que podía imaginar y lo que llegaba a ejecutar. Eso le atormentaba porque uno de sus maestros había dicho en una ocasión que artista es el que hace la obra y no el que la imagina. Quizá este maestro lo dijo un día en el que se sintió muy activo y trabajador y, a lo mejor otro día hubiera dicho otra cosa. De todas maneras, Wang se quedó con esta frase que elevó a cita digna de ser escrita con escoplo en la pared y toda esta deriva del pensamiento hacía que pensara de sí misma que era una holgazana.

Poco a poco fue madurando una idea. Destinaría una parte de su casa a montar un lugar en el que ella daría las ideas que tenía y otros las ejecutarían. Era una especie de reunión permanente de artistas en la que se compartirían ideas con el compromiso de que alguien las concretaría y las plasmaría en una obra. Quería que fuera una casa de pensamiento y acción compartidos.

El proyecto funcionó mucho mejor de lo que esperaba. Fue tan bien que se quedaba maravillada por los resultados que se alcanzaban. Era muy satisfactorio imaginar algo, contarlo en las reuniones de trabajo y después de una espera moderada podía ver el resultado de su pensamiento plasmado delante de ella. Los componentes del grupo se encontraban alegres y muy motivados con el trabajo.

La satisfacción duró un tiempo. Recibió muchos elogios del exterior y le parecía que había dado con la solución perfecta para su problema. Pasó un período muy fecundo y cercano a una razonable felicidad.

Pero la zozobra permanecía agazapada en el terreno de las sensaciones intuidas y poco a poco se volvió a instalar en Wang. Pensaba de sí misma que era muy difícil de contentar y que nunca lograría estar del todo bien. La muchacha experimentaba un sufrimiento latente provocado por la tensión que sufría por la distancia entre lo que imaginaba y lo que lograba hacer. Y sí, claro que le impresionaban los resultados visibles de su imaginación, pero esto no lograba calmarla.

Volvió a plantearse ser más productiva y llevar adelante sus propios proyectos. Incluso pensó en hacerlos de un modo más colaborativo. Un día tomó la decisión de ponerse a la tarea y realizar la obra por sí misma. Pero se quedó muy sorprendida porque la noche siguiente a la toma de esta decisión la protagonizó el insomnio. En su dificultad para conciliar el sueño le asaltaban muchas dudas

  • ¿Y si no soy tan buena como me creo?
  • Pero ¡Qué obsesión me ha dado a mí con esto de ser artista!
  • ¿Y si no gusta lo que hago?
  • Y además ¿Para qué me empeño en tanto esfuerzo?
  • ¿Vale la pena todo esto?
  • ¿Quién me ha dicho a mí que sirvo para esto?
  • ¿Quién es mi público?
  • ¿Para qué necesito un público?

Wang daba vueltas y vueltas a todo esto hasta el agotamiento y claro, se veía obligada a bajar el ritmo por el cansancio. Pensó que iba a caer enferma así que, como no tenía ningún plazo que le corriera en contra, decidió trabajar lentamente y haciendo lo que pudiera. Fue encontrando un ritmo que podía soportar y podía crear pinturas, esculturas, poemas que eran de su agrado, solo que a una velocidad diez veces inferior a lo que parecía razonable. Wang pensó: – Sí. Realmente soy super lenta, pero también es cierto que aquí están mis proyectos lentamente acabados. Antes no lograba hacer nada-.

A partir de entonces se puso a investigar cuál podía ser su ritmo perfecto de producción y con el tiempo, logró dar con él. Tanto éxito tuvo que muchísimos años después algunos estudiosos se dedicaron a investigar su metodología de trabajo llegando a ser inspiradora de grandes obras como El derecho a la pereza[1] y Elogio de la lentitud[2].

Presentamos a continuación una pequeñísima muestra de su obra. Son las obras que se han podido rescatar en buen estado. Tienen más de dos mil años y se han conservado bastante bien.

[1] Escrito por Paul Lafargue en 1883 y publicado por la Editorial Fundamentos de Madrid en 1974.

[2] Escrito por Carl Honoré y publicado por la editorial RBA de Barcelona en 2017.

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