CELEBRADO EL CURSO DE CUENTOS QUE CURAN…
Reunidos en torno a un jazz de fondo, que suena suave y poco orquestado en un aparato de baja calidad, más aparente que capaz de sacar muchos vatios.
Cada uno escribe un relato en silencio, mientras dirige parte de su atención al tiempo que le falta para terminar.
Estamos todo el día trabajando en Cuentos que curan olvidos, heridas, abandono y desamor.
Nos hemos reunido en dos ocasiones (21 y 28 de marzo) para explorar en la práctica la capacidad rehabilitadora que tienen los relatos.
Os presentamos dos cuentos que se escribieron en el curso.
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EL CUENTO DE LA HORMIGA
por MªJosé Fons
Érase una vez una hormiga que vivía con su comunidad de hormigas en un gran hormiguero. Puesto que era una hormiga obrera se pasaba el día entero trabajando para su comunidad: buscaba comida, cuidaba de las hormigas pequeñas, arreglaba el hormiguero....etc. Ella estaba orgullosa porque era muy trabajadora y porque todo lo que hacia servía para el bien común. Cierto día se dio cuenta de que le faltaba algo, pero no sabia bien qué era, sólo sabia que se sentía vacía, así que un día se fue del hormiguero a buscar nuevas experiencias.
Caminando por el bosque se encontró a una lagartija que disfrutaba tumbada sobre una roca tomando el sol. La hormiga se interesó por este extraño animal y le preguntó que qué hacía. La lagartija le dijo que estaba tomando el sol, como hacía todos los días. La hormiga se extrañó de que hubiera animales que apenas trabajaran durante el día y de que no se preocuparan del futuro. La hormiga le contó que cansada de tanto trabajar se había marchado del hormiguero para buscar nuevas experiencias que le llenaran, pero que echaba de menos a sus compañeras y que se sentía culpable por haberlas dejado con todo el trabajo que un hormiguero conlleva .
La hormiga le preguntó a la lagartija que cómo podía estar todo el día sin hacer nada.
-¿Cómo que sin hacer nada? -Dijo la lagartija- Ven, túmbate a mi lado un momento.
¿Puedes sentir el calor del sol?
-Ooooooh, si, que agradable.
-Ahora escucha, ¿puedes oír el sonido de las hojas al caer de los árboles, los pájaros cantar y el agua correr en el río?
-Siiiiiii, ¡oh! Nunca me había dado cuenta. Es realmente agradable.
-Y mira, dijo la lagartija. ¿ puedes ver las montañas y lo bonito que está el cielo?
- Es verdad, es realmente precioso. Perdona por decir que no hacías nada, la verdad es que haces muchas cosas a la vez.
La hormiga se quedó un buen rato sintiendo el agradable calor del sol, escuchando el suave sonido de las hojas y del río y disfrutando de la maravillosa vista que tenia frente a ella y comenzó a sentir en su interior que una agradable sensación la invadía y le llenaba por dentro.
-Ahora se lo que me faltaba, muchas gracias lagartija.
La hormiga al cabo de unos días volvió al hormiguero y ya nunca fue la misma, porque ahora aunque seguía trabajando sabía disfrutar de la vida.
Esta historia está pensada para un niño que conozco, y quiero: Manuel, catalogado de hiperactivo, y para otros niños con la misma etiqueta que llevan un Bernardo Ortín dentro.
EL OSO MILUTO
El oso Miluto era marrón, grande, fuerte y le gustaba la miel. La necesitaba. Pero tenía mucho miedo a las abejas, y no sabía qué hacer para conseguirla. Así que, algunas veces, hacía tonterías, o no-tonterías, pero hacía cosas raras, se comportaba de manera que ni las abejas, ni los osos entendían.
Miluto también era un oso normal. Dentro de lo que en los cánones oseznos se entiende por normal: era bueno, simpático y gracioso, a veces se enfadaba, pataleaba, rugía de rabia y se ponía nervioso.
Un día, a pesar de su miedo, se decidió a entablar amistad con dos abejas.
Las llevó a pasear subidas en su lomo, y ellas le regalaron su miel.
Y la vida de Miluto se llenó de esperanza.
Rosa García Puchol
Para una persona que necesita sentirse valorada. Que necesita sentir el reconocimiento a su esfuerzo al renunciar a una parte de su vida por amor.
A la princesa Neus
LA PRINCESA INDECISA
La princesa Mon vivía en un hermoso reino, lleno de flores, fiestas y amigos de colores. Se sentía feliz en su palacio de cristal, diseñado por Gaudí.
Un día se le apareció un hada y le dijo: “Puedes pedirme lo que quieras, y te será concedido”
Mon no sabía qué pedir… porque tenía de todo: vestidos, flores, chaletes, vales para liposucciones, joyas, fama, gloria, coches descapotables y televisión de plasma.
Asi que… pidió un príncipe: “Pero me lo pone de carne y hueso, con las carnes bien apretaditas”
Y el hada le regaló un príncipe precioso, tri-polar, con caballo y castillo.
Así fue como la princesa se convirtió en reina de un castillo y del corazón de un príncipe.
El pak príncipe-castillo venía fabricado en material duro, “de carnes prietas”, tal como ella lo había pedido.
Pero, con el tiempo le fue resultando demasiado prieto, demasiado duro. A través de las paredes de piedra del castillo le costaba ver a sus amigos, a sus padres, a su ciudad, con su palacio de cristal diseñado por Gaudí.
El corazón del príncipe era como una piedra preciosa, pero piedra. Y la princesa necesitaba ver qué había dentro. Tocar la ternura. Dejarse envolver en caricias gratuitas.
Deseaba recuperar aquella transparencia idílica de su palacio de cristal, donde ahora le parecía que todo había sido más fácil.
Hasta que un día no pudo más: llamó a tele-hada, y le pidió una varita muy mágica, para convertir sus deseos en realidad.
Llegó el encargo. A la luz de la varita descubrió que el cristal de su palacio ya no era tan transparente, que al príncipe además de corazón, y otros órganos, tenía dos orejas, dispuestas a escuchar.
Y que ella tenía poderes: para pintar, hablar, cantar, reír, además de recomponer huesos y músculos. Poderes para construir y reconstruir.
Guardó la varita en su estuche de piel. Para momentos de necesidad.
Nota: Dícese tri-polar a la manera particular de superar la bipolaridad exclusiva de los varones. Que hace las delicias de las princesas.
Rosa García Puchol